Defectos de los españoles que molestan más a los extranjeros

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Simpáticos pero superficiales. Solidarios pero envidiosos. Sociables pero demasiado ruidosos. Creativos natos pero impuntuales empedernidos. Cariñosos pero tendentes al cotilleo desaforado. Leyendo mucho en libros sobre nuestro carácter y encuestando a numerosos amigos extranjeros que viven o visitan España, leo, escucho y veo todos esos (y algunos más) pros y contras que ellos, los que NO tienen sangre española, encuentran en nuestra forma de ser. Como de las virtudes de un pueblo casi nadie se queja y como conviene ser autocrítico con lo que debemos mejorar, he querido sintetizar aquellos 7 defectos de los españoles que molestan más a los extranjeros. Es este, pues, un texto que acepta las apreciaciones y opiniones de foráneos que -admitámoslo- tienen sobrado fundamento, pero a la vez rechaza las moralinas de otras nacionalidades que proclaman sentirse superiores a la nuestra o a la de otros.

Texto: Hugo Machuca

Nos hayamos europeizado poco o mucho y en las últimas décadas la sociedad española, sin duda, haya cambiado bastante, siguen siendo válidos a día de hoy muchos de los análisis clásicos sobre nuestro carácter hispano, como el que hizo con gran ingenio y humor en varias revisiones (1966 y 1992) el historiador y escritor Fernando Díaz-Plaja en su libro “El español y los siete pecados capitales”, u otros más recientes, como uno digno de tenerse en cuenta: “Vaya país: cómo nos ven los corresponsales de prensa extranjera” (2007), que es una compilación de percepciones sobre nuestro país y sus gentes -casi siempre acertadas- realizadas por una serie de periodistas extranjeros asentados en España. Hablamos de generalizaciones con las que seguramente muchos de los que leáis el artículo, queridos compatriotas españoles, no os sentiréis identificados (yo tampoco en mucha de ellas). Sin embargo, debemos ser sinceros y reconocer que los siguientes defectos están muy extendidos entre los españoles y son los que más incordian, perturban, critican o simplemente asombran a los que nos visitan.

Los 7 defectos capitales de los españoles

1. ¿Los españoles son chillones y no paran de hablar?

En España la principal afición no es el fútbol, como muchos creen, sino hablar, hablar por los codos, hablar sin parar, te escuchen o no te escuchen, en tu casa, en la barra de un bar, en el hospital, en la escuela o incluso en un velatorio. Por experiencia propia tratando con el público nacional puedo confirmar que a los españoles una de las cosas que más coraje les da es que los manden callar. Se sienten ofendidos como si hubieses ido contra su derecho inalienable a hablar hasta debajo del agua. Son varios los altercados que he tenido con señoras y señores que cuando les toca el turno en el banco o en la farmacia ralentizan la cola porque les cuentan con pelos y señales al cajero todas las vacaciones, visitas médicas o cualquier otra chorrada. Si se les recrimina, dos opciones suelen darse: o se vuelven aireados o pasan completamente y siguen a lo suyo.

En su afán de charlar de lo que sea, sepan o no del asunto, repiten y repiten la misma frase y lo que es peor, como casi nadie se calla y los demás quieren introducir sus opiniones y puntos de vista, se interrumpen una y otra vez, lo que en otras culturas sería una grave falta de educación.

Ranking de los países más ruidosos del mundo

España es el 6º país más ruidoso del mundo, según un reciente estudio de una empresa especializada en audición

Si hay un grupo de tres o más personas, la situación se agrava, porque el tono de voz se eleva todo lo necesario para hacerte oír y acaba convirtiéndose en un gallinero. Especialmente a los asiáticos, como japoneses o coreanos, que son tan comedidos, cuando viven una situación así, por ejemplo, ven a varios españoles sentados alrededor de una mesa hablando tan alto y todos a la vez, les parece como si los españoles estuvieran siempre enfadados y discutiendo agriamente. Tengo un amigo sueco que dice que “en España el silencio es violento”. Una clara muestra es en el ascensor. Si al entrar en él encuentras a otra persona e intentas establecer una conversación, aunque sea de la cosa más nimia como el tiempo o el partido de fútbol, pero no te sigue el rollo se palpa cierta tensión y el claro deseo de que alguno de los dos llegue a su destino y se baje.

Tampoco hace falta que haya un grupo de españoles reunidos para entender que en este país los decibelios de voz son muchísimo más altos que en otros países. En los ránkings de países más ruidosos del mundo, España siempre aparece entre los primeros. ¿Cuántas veces estando al principio del autobús me he enterado de toda la conversación de la señora que estaba al fondo de este transporte y le contaba hasta el último detalle a su amiga o cuántas veces mis vecinos llaman a “grito pelao” a sus hijos que están en la piscina comunitaria e interrumpen mi plácida siesta? Me recuerda siempre a los Morancos y su verídica interpretación de Antonia (también lo hacía Omaíta) llamando desde la ventana a su hijo Joshua.

2. ¿Los españoles no escuchan?

De resultas de esa verborrea incontrolable española, a muchos les importa realmente un bledo si su interlocutor les escucha o no. Los españoles se desahogan hablando, gesticulando, expresándose. Algunos extranjeros me han aseverado que estamos cargados de energía que la gastamos hablando. Por el contrario, parece que aquí en nuestro país “escuchar es aburrido”. Reconozcámoslo, no somos buenos escuchadores. Y esa es una crítica generalizada hacia nosotros de alemanes, mexicanos, rusos, ingleses u otros extranjeros. Tomemos como reflejo sociológico de lo que hablo cualquier debate político (y mucho más en los programas de cotilleo) que se emite en televisión, como por ejemplo en “La Sexta Noche”. Aunque los intervinientes sean periodistas, políticos o economistas, es decir, personas a las que se les supone un cierto nivel intelectual y un saber estar, en la mayoría de los casos no respetan los turnos de palabra, no escuchan los argumentos contrarios y terminan prácticamente gritando para intentar imponer sus puntos de vista.

3. ¿Los españoles son muy cotillas?

De nuevo estamos hablando de un defecto que está relacionado con el habla, pero en este caso ya no nos referimos tanto a la forma de hablar (antes decíamos que los españoles hablan mucho y muy alto), sino al contenido de lo que se habla. Es verdad que el ser humano es curioso por naturaleza. Tengo la convicción de que casi todas las personas del mundo, en mayor o menor grado, son algo cotillas, aunque nieguen lo contrario. Pues en el caso de los españoles, a una escala general, esta afirmación es innegable. Como me ocurre a mí, puede que sientas ganas de vomitar si te ponen “Sálvame” y los demás programas de cotilleo que tanto éxito de audiencia tienen en las parrillas de las televisiones nacionales, o que te den ganas de pisar las revistas del corazón como “Hola” o “Pronto” por el “periodismo” basura que hacen, porque no te interesa la vida de los famosos o famosetes, pero si es el caso de familiares, amigos o conocidos, es difícil que te resistas a la tentación de opinar sobre los problemas ajenos, llamar de inmediato a alguien para difundir lo que te han contado sobre fulanito o menganito (cuanto más escabroso, más enjundia tiene) o criticar lo que ha hecho o ha dejado de hacer zutanito.

En España cotillear es una práctica tan habitual y extendida que existe desde tiempos inmemoriales la figura de la maruja que, cargada de una fortísima dosis de machismo (porque también abundan los marujos), identifica a una mujer que tiene poca formación cultural y que se dedica a chismorrear, ver telenovelas o leer revistas del corazón, como lo retrata excelentemente el humorista José Mota en su interpretación de La Vieja’l Visillo y sus técnicas de cotilleo en este vídeo.

4. ¿Los españoles son envidiosos?

De los 7 pecados capitales clásicos se suele decir que el más típico de los españoles es la envidia. Miguel de Unamuno dijo que “la envidia es la íntima gangrena del alma española“, aunque hay otros autores, como Rafael Sánchez Ferlosio, que piensan que es una soberana estupidez, más bien un tópico que se nos achaca. Personalmente me decanto más por la opinión de Unamuno y me baso en cuestiones pragmáticas tan comunes e insignificantes que tenemos asumidas en nuestra educación cultural. Por ejemplo, cuando alguien te halaga lo bonita que es tu camisa nueva o lo impresionante que es el coche que acabas de comprar, tú mismo rebajas la importancia de la compra diciendo que es de rebajas o que has conseguido un chollo porque inconscientemente piensas que el halagador te va a odiar si presumes de ello. Me inclino a pensar que en España estamos programados para minimizar la envidia de los demás.

En España se envidia a la gente con talento, a la gente que emprende e incluso a la gente que se enriquece lícitamente (si es un enchufado es lógico que el sentimiento sea de rechazo o de asco). No puedo estar más de acuerdo con alguien que nunca se muerde la boca como es el escritor Arturo Pérez Reverte: “En España los brillantes son destrozados para igualarlos con los mediocres”. ¿Será porque la meritocracia nunca se ha apoyado en demasía en nuestro país? Sí, quizás, porque desde hace muchos siglos los pícaros son bien vistos y, por el contrario, reciben insuficiente o nula admiración los que se esfuerzan o son talentosos.

Escuchando el programa de radio “Jelo en verano” de Onda Cero (24 de agosto de 2017) me topé con una “joya” que ilustra bien a las claras la envidia hispana. Como podéis escuchar en este podcast, el crítico José Luis Ibánez Ridao hablaba del autor Ken Liu y su libro “El zoo de papel”, y decía sin remilgos (podéis saltaros los prolegómenos e ir directamente a los 48 segundos de esta grabación) que le echaría laxante en la comida a causa de la envidia y la rabia que le daba este escritor norteamericano por el hecho de tener tanto talento. Elocuente, ¿verdad? Pese a que esta actitud no es extrapolable a toda nuestra población, la envidia recorre la sangre española con más vivacidad que en otras culturas.

5. ¿Los españoles son impuntuales?

La impuntualidad es otro de los clásicos en las críticas que reciben los españoles. A los extranjeros (en especial, europeos, norteamericanos y japoneses; muchos latinoamericanos y africanos son tan o más impuntuales que nosotros) como a mí y, cada vez más, a otros compatriotas, nos sienta fatal que se llegue tarde a una cita, una reunión o una quedada. No cabe duda de que es una falta de respeto y un acto de superioridad al pensar que el impuntual se siente más importante por llegar cuando le da la gana. Así me ocurrió en contadas ocasiones con chicas con las que salí en mis años mozos. Una en concreto me hacía esperarla hasta una hora, encontrando siempre una excusa inventada, como que se había quedado atrapada en el ascensor o que el autobús se había pinchado, cuando su casa estaba a solo 10 minutos andando de la mía. Lógicamente la mandé a pasear.

“El 64% de los españoles es impuntual, aunque odia que le hagan esperar”. Esta es una entre las muchas encuestas y estudios sobre esa aparente impuntualidad congénita española (a mí quizás me cambiaron en el hospital y soy descendiente alemán, jejeje). Hace unos meses el periodista inglés Chris Haslam escribió en el periódico “The Times” una especie de manual de “Cómo ser español”, en tono de burla, que desató la ira hispana, al considerarnos gritones, vulgares, desagradecidos, maleducados y, por supuesto, impuntuales. Para él, en España “hay un gran desprecio por la impuntualidad”. Es verdad que el tipo se pasó tres pueblos porque caía en el tópico de la tauromaquia (decía: en España “llegue siempre tarde… salvo si le está persiguiendo un toro”), pero enfatiza un aspecto que todos los extranjeros sin excepción señalan como rasgo consustancial de los españoles.

Relacionado con este punto, el del uso del tiempo, que en nuestro país poca aplicación práctica tiene el refrán “a quien madruga, Dios le ayuda”, porque, por el contario, la tendencia suele ser a dejarlo todo para última hora.

6. ¿Los españoles no guardan las distancias personales? 

Vale que seamos latinos, que al igual que italianos, griegos, argentinos o brasileños, nos guste saludar dando besos y abrazos a todo Cristo, que nos guste hacer muchas actividades en familia o con amigos, que seamos muy sociables y demasiado cercanos (otro comentario generalizado de los guiris: “los españoles son muy tocones”), pero otra cosa bien distinta es que me agrade tener el aliento de alguien en mi nuca en la cola del supermercado, o pegar las mesas en el restaurante con lo que mi conversación carece de privacidad o que estando en una playa poco masificada (pongamos una de esas playas anchas de la costa de Cádiz, como Tarifa o Zahara de los Atunes; y no, claro está, una de Benidorm que no cabe ni un alfiler) la familia de turno me ponga su chiringuito playero (sombrillas, nevera, piscina de su bebé y un largo etcétera de aparejos que traen) justo al lado de donde me hallo tendido tranquilamente porque ellos siempre se colocan en ese preciso metro cuadrado. No, no soporto que invadan mi espacio personal (en términos lingüísticos, el espacio proxémico) cuando se trata de desconocidos. En eso soy como los asiáticos y los del norte de Europa: si la distancia entre la otra persona y yo es de menos de un metro me incomoda y, si es evitable, me toca las narices por no decir otras partes del cuerpo. Para muestra de cómo de cortas son las distancias que se guardan en España, Coca Cola hizo un anuncio muy apropiado de lo que hablo.  

7. ¿Los españoles se quejan mucho pero actúan poco?

Defectos de los españoles

Lema que los españoles deberíamos aplicarnos más

Mis amigos de la Europa Oriental (polacos, búlgaros, rusos, ucranianos…) se ríen mucho de los hombres españoles, porque dicen que somos como mujeres (comentario 100% machista viniendo de países donde hay muchísima menos igualdad de géneros), que nos quejamos mucho por dolores insignificantes o esfuerzos físicos que tenemos que hacer. Que seamos quejicas de molestias propias no lo veo sinceramente tan malo, pero sí me sumo a la tesis del ejecutivo holandés Vincent R. Werner, residente en Barcelona desde hace 17 años, que escribió recientemente un libro sobre los defectos y carencias nacionales en el que insiste en percepciones foráneas sobre nosotros, como que “en España mucha gente se queja, pero luego no hace nada”. En comidas familiares, en los bares, en los clubs deportivos o en la playa a los españoles nos gusta criticar a los políticos, al presidente de nuestra comunidad de vecinos o al director del colegio de nuestros hijos, pero a la hora de la verdad no son tantos los que presentan reclamaciones o quejas formales (Francia es el rey de las quejas, de hecho, los turistas franceses son los peores del mundo por quejicas y tacaños). No obstante, en los últimos años se están viendo cambios alentadores en la actitud de las nuevas y viejas generaciones de españoles, como las grandes manifestaciones feministas (tras la salida de los integrantes de “La Manada”) o de los jubilados reclamando pensiones más justas, que me hacen ser algo más optimista en este aspecto. Es positivo que las masas españolas, a veces aborregadas, no se movilicen única y exclusivamente por decisiones que afectan negativamente a su equipo de fútbol, que en verdad es un simple juego de balón de privilegiados, y que salgan más a la calle por asuntos más trascendentales.

En resumidas cuentas, generalizando mucho, así nos ven muchos extranjeros. Y al igual que seguramente muchos de vosotros, yo me veo identificado en algunos defectos mencionados (sí, soy algo cotilla respecto a lo que atañe a mis amigos o claramente soy un quejica), pero para nada en otros, como ser impuntual, gritón, parlanchín o tocón. Lo que me enfurece tremendamente es que nos visiten personas que detestan y critican ácidamente el carácter español, las costumbres o la vida a la española y quieran sumergirse en un “oasis guiri en España”, disfrutando del sol y la playa, pretendiendo que los locales desaparezcamos de su vista, como esta mujer británica que denunció a su agencia de viajes porque había demasiados españoles en sus vacaciones. ¡Señora, si no le gusta, quédese en su isla de hooligans, chubascos y fish & chips!

 

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